Considero una necedad buscar a un Dios
omnipotente, omnipresente y omnisciente
pues si quisiera ser hallado
saldría en la tele.
Un dado mágico gira y gira suspendido en el aire. Cae y rueda por el suelo danzando a brincos mostrando todas sus caras numeradas. Todas las opciones ruedan y saltan. Y mi destino se para esperando a que el dado detenga su marcha. Cada vez baila más cansado, gira sobre sí agonizando su inercia. Y por fin, se para. La suerte esta echada. Y sin Re, no hay Sol que brille.
Considero una necedad buscar a un Dios
omnipotente, omnipresente y omnisciente
pues si quisiera ser hallado
saldría en la tele.
Dentro de mí hay un guerrero valeroso,
pero también un niñito asustado.
Ambos se debaten en una lucha sin fin
en la que a veces gana uno
y otras
victorioso
luce el otro derrotado.
A veces brillo como el sol
y me siento capaz de todo,
como un príncipe con alas de ángel
salvando al mundo en volandas.
Y otras lloro
de absoluta impotencia y desamparo
como un bebé abandonado
en un bosque en mitad de la noche
que está ardiendo por todos lados.
A veces deslumbro a mi paso
como un adonis engalanado.
Y otras me meo encima
como un vagabundo anciano.
No quiero que gane el guerrero
a costa de convertir al niñito
en un aprendiz de soldado,
ni que el niñito ocupe tanto espacio
que el guerrero abandone su misión
y se rinda abatido de antemano.
Por eso
aunque me cueste asimilarlo
creo que siempre seré
el protagonista de las crónicas
de este Guerrero Asustado.
Eterno aprendiz
de apenas nada.
Frustrado inconscientemente
por las terribles mentiras
que me creí tan tierno.
Separado de la madre salvaje
y su exuberancia despreocupada
anti-estética e inmoral.
Revivo mi vida
con la conciencia
para ver el dibujo oculto
del puzzle de infinitas piezas
que me conforma.
Soltar las toneladas de lastre
de las aspiraciones sociales
y encontrar la perla perdida
en el océano que compartimos
las diosas y yo.
Pueda ser que yo
nunca
jamás
en la vida
logre culminar nada
pues
en el fondo
quizá nada
me pertenezca
ni competa
enteramente.
Paseando por el paraíso
sólo entre nubes y montañas
me agarro a mi teléfono móvil
como a una tabla de salvación
temeroso de naufragar
entre las olas del olvido
y ser abandonado
como un tierno cachorrillo
en este lejano y enorme bosque perdido.
Tiritando
más de fiebre que de frío
me aferro a mi celular
como a un clavo ardiendo
aterrado
por el vacío oculto bajo él
y que se pierde
en el infinito mortal
del anonimato en vida.
De rodillas
ante mi Android Zte
rezando por que me muestre su luz
por que me dé una respuesta
por que me guíe en la noche
por que me diga quién soy
cuándo y dónde estoy
y obre el milagro
de ayudarme a quererme
para por fin
conseguir salvarme.
En la noche mágica
del ritual vacío
me ha tocado la lotería
y ya soy rico
pues tras mi ventana
han cantado
al unísono
tres cárabos
dos mochuelos
y un autillo.
Me gusta cenar
antes de que se escuche
por primera vez
al Cárabo ulular
Y desayunar
en el espacio mágico que hay
entre su último cantar
y el primero del Zorzal.